Casi no es más que un esqueleto, pero marca cifras de hiperdeportivo, y Ariel no ha terminado
El Ariel Atom 4RR supera los 780 CV por tonelada y hace el 0 a 100 km/h en 2,4 segundos. En Goodwood, la marca dejó la puerta abierta a un Atom aún más extremo.
Ariel acaba de presentar el Atom 4RR, y ya deja claro que esto podría no ser el punto final. En el Festival de la Velocidad de Goodwood, la marca dejó abierta la puerta a un Atom todavía más radical, si aparece la idea correcta y suficiente demanda.
El Atom 4RR ya parece rozar el límite de la cordura. En su base hay un motor turbo Honda K20 de 2,0 litros, preparado hasta los 525 CV y 550 Nm. El coche pesa menos de 680 kg, acelera de 0 a 100 km/h en 2,4 segundos, llega a 160 km/h en 5,1 segundos, y supera los 780 CV por tonelada. Para hacerse una idea: eso es territorio de hiperdeportivos, solo que sin carrocería convencional, aislamiento acústico ni comodidades electrónicas.
El motor se ensambla a mano: bloque reforzado, culata revisada, pistones y bielas forjados, turbo de mayor tamaño con hasta 1,7 bar de presión, y corte de inyección a 8.200 rpm. La transmisión pasa por una caja secuencial Quaife de 6 velocidades con levas neumáticas. Hay tres mapas de motor disponibles —400, 500 y 525 CV— para que el conductor no reciba todo el golpe de golpe.
La mecánica está a la altura: amortiguadores Öhlins ajustables, frenos AP Racing con discos de 310 mm, ABS Bosch configurable, elementos de fibra de carbono y una aerodinámica revisada. Aun así, el Atom 4RR sigue siendo, formalmente, un coche homologado para calle, aunque en esencia es más bien una herramienta de circuito con matrícula.
El precio arranca en 279.000 dólares. Con ese dinero se podría estar mirando un Porsche 911 GT3 RS o un superdeportivo de segunda mano, pero Ariel juega en otra liga: aquí no se compra estatus, se compra concentración mecánica pura.
Lo más interesante no son las cifras del 4RR, sino que Ariel no haya dicho «hasta aquí se puede llegar». Al coche casi no le queda nada superfluo, lo que significa que el siguiente paso no será sobre lujo, sino sobre una frontera todavía más fina entre ingeniería y locura.