Cuba atraviesa la peor escasez de combustible de los últimos años, y el transporte eléctrico se ha convertido en la principal forma de mantener la movilidad de la población. Tras el corte de las exportaciones de petróleo desde Venezuela por parte de Estados Unidos y las amenazas de sanciones a otros proveedores, la isla ha experimentado una fuerte caída en el combustible disponible. Los autos clásicos, que durante décadas definieron el paisaje de las carreteras cubanas, están dejando paso cada vez más a autobuses eléctricos, triciclos eléctricos y bicicletas.

En el suburbio de Alamar, los taxis-bicicleta eléctricos gestionados por el Estado se han convertido en el único transporte regular para los residentes. Los conductores realizan decenas de viajes al día, compensando la falta de diésel y gasolina. Los vecinos señalan que los transportistas privados siguen siendo demasiado caros, por lo que el transporte eléctrico es lo que garantiza un desplazamiento accesible bajo las condiciones de un racionamiento estricto.

Las autoridades cubanas han anunciado un plan integral de ahorro de combustible destinado a mantener operativos los servicios clave. En la práctica, esto significa que los residentes ven el cambio a la energía eléctrica como, efectivamente, la única manera de evitar paralizar el país.

Esta situación subraya el contraste entre las decisiones políticas de EE.UU. y la vida en la isla: las sanciones, destinadas a aumentar la presión sobre La Habana, han obligado a Cuba a acelerar su transición hacia el transporte eléctrico, que se ha convertido en la base de la movilidad cotidiana.