La tendencia al downsizing también ha alcanzado a Toyota. Los V6 atmosféricos se están volviendo rarezas en la gama, y en algunos modelos ya han desaparecido. A simple vista podría parecer una búsqueda de ahorro de combustible, pero el verdadero impulso viene de normativas de emisiones más estrictas que vuelven engorrosas las homologaciones de motores grandes y los encarecen fiscalmente en muchos mercados.

En los últimos años, el V6 se ha despedido de varios nombres muy conocidos. Camry y Sienna dieron el salto a sistemas híbridos, mientras que Highlander y Tacoma sustituyeron sus antiguos seis cilindros por cuatro cilindros turbo de 2,4 litros, en ocasiones combinados con un sistema híbrido para compensar el par.

En Estados Unidos, el V6 prácticamente resiste solo en Tundra y Sequoia, donde un 3,4 litros biturbo tomó el lugar del viejo V8. Aun así, ese motor ha visto resentida su reputación: se han mencionado preocupaciones serias sobre fiabilidad, y más de 120.000 unidades fueron llamadas a revisión por un defecto de fabricación.

Mientras tanto, Toyota no persigue una gama completamente eléctrica a cualquier precio y redobla la apuesta por los híbridos. La compañía anunció una inversión de alrededor de 900 millones de dólares para ampliar la producción de híbridos en EE. UU. El peaje está claro: mejora la eficiencia, mientras la aceleración pura da un paso atrás. Por ejemplo, el Camry con el anterior 3,5 V6 (301 hp) cedió su lugar a un 2,5 híbrido de 232 hp, y el 0-97 km/h se volvió más lento. El rumbo no deja dudas: menos cilindrada, más electrificación y cada vez menos espacio para los V6 clásicos. Quien aprecia la respuesta y el carácter nota el cambio, aunque la estrategia se percibe coherente y pragmática; se gana en eficiencia, pero se pierde algo del encanto mecánico que tanto seducía.