Desde hace décadas, Mazda viene aligerando sus coches con lo que denomina Estrategia Gram. El planteamiento es sencillo, pero exhaustivo: restar masa a cada pieza, desde la carrocería y el motor hasta la tornillería, los asientos y los mandos del interior. El objetivo es un tacto de conducción más preciso y una experiencia más involucrante; y esa atención al detalle se percibe en la forma en que responden a la mínima orden del conductor.

La filosofía se remonta a los años sesenta con el compacto Mazda R360. Más tarde dio forma a iconos como el RX-7 que, con 1.310 kg, se situaba por debajo de rivales como el Toyota Supra y el Mitsubishi 3000GT. Esa apuesta por el peso contenido no ha flaqueado, y la coherencia se nota.

Uno de los ejemplos más claros sigue siendo el Mazda MX-5. En su cuarta generación, los ingenieros recurrieron a llantas ligeras con cuatro tornillos, rediseñaron retrovisores y asientos e incluso simplificaron las palancas de ajuste. Emplearon un bloque de motor de aluminio, colectores de admisión de plástico y tapas de válvulas también de plástico para rascar más gramos. Mazda fue además de las primeras en adoptar aceros de ultra alta resistencia, aumentando la rigidez sin engordar la báscula, un intercambio que mantiene el coche honesto y reactivo.

La Estrategia Gram no se queda en los deportivos. Durante el desarrollo del Mazda 2, los ingenieros recortaron más de 60 kg de carrocería, chasis y motor al reevaluar cada componente sin fijar un objetivo de peso concreto. Hoy, ese enfoque sustenta las tecnologías Skyactiv y se extiende a toda la gama, incluidos los crossover. Por eso Mazda sigue destacando en el territorio de los deportivos, apostando por el equilibrio y la ligereza antes que por la potencia bruta, una postura que se agradece cada vez más en esta era de las fichas técnicas.