El Fisker Ocean podría recibir por fin la función que se prometió a los compradores cuando la marca aún existía — una función que la propia marca nunca llegó a entregar. El crossover eléctrico venía equipado con todo el hardware necesario para la conducción sin manos, pero Fisker quebró en 2024 sin llegar a publicar el software. Ahora una empresa externa, Comma AI, se ha hecho cargo del trabajo inacabado.
La situación resulta casi simbólica para el Ocean. El coche lleva tiempo fuera de producción, el fabricante ya no existe, los propietarios cargan con las reparaciones de su bolsillo — y aun así, una de las grandes promesas podría hacerse realidad. Eso sí, no gracias a Fisker, y no gratis.
Comma AI ya está probando la compatibilidad con el Ocean. En un vídeo publicado, el crossover eléctrico circula por una calle de ciudad sin ninguna intervención del conductor en el volante. La demostración todavía parece un prototipo temprano: se ven cables, solo se admite la dirección, y aún no hay aceleración ni frenado automáticos. Además, el software vive en una rama separada y todavía no está disponible para el público.
Un detalle clave: el sistema de Comma AI no utiliza en absoluto los sensores ADAS de fábrica del Fisker Ocean. En su lugar, se instala en el parabrisas una unidad aparte, la Comma Four, con tres cámaras, un miniordenador, un chip Qualcomm Snapdragon 845 MAX, acelerómetro, giroscópio, GPS de alta precisión y micrófono. El dispositivo se conecta al bus CAN del coche y puede controlar la dirección, la aceleración y el frenado a partir de la imagen de las cámaras. En esencia, un «cerebro» externo montado encima de la electrónica de fábrica.
Comma AI asegura que su sistema puede llevar a más de 300 modelos el mantenimiento automático de carril, el control de crucero adaptativo, la asistencia al cambio de carril y la monitorización del conductor. Para el Fisker Ocean, eso importa aún más: el coche estaba físicamente listo para funciones avanzadas de asistencia, solo le faltaba el software. El dispositivo cuesta 999 dólares, mientras que el software se distribuye gratis.
Para los propietarios del Ocean es un compromiso amargo. Por un lado, aparece por fin la posibilidad de tener una función que el coche debería haber traído de serie. Por otro, tendrán que volver a pagar por un coche que ya se ha convertido en el ejemplo de manual del riesgo de comprar un eléctrico de una startup inestable. En total, Fisker fabricó unos 11.200 Ocean en la planta de Magna en Austria.
La mayoría fueron a parar a clientes particulares, mientras que unos 3.200 terminaron en manos de American Lease y hoy funcionan como coches de VTC en Nueva York. Esta historia resume bastante bien un nuevo problema del mercado del automóvil. Un coche moderno puede tener cámaras, radares, cableado y potencia de cálculo de sobra — pero sin software que funcione, todo eso se queda en potencial sin usar.
Antes, el propietario temía quedarse sin repuestos. Ahora también puede perder funciones que ya pagó. Para el Fisker Ocean, la conducción sin manos de un tercero no será una resurrección completa, sino más bien un parche que llega tarde. Pero para los dueños de estos eléctricos «huérfanos», incluso eso puede acabar pesando más que las grandes promesas que el fabricante nunca llegó a cumplir.