Los baches podrían dejar de ser una tortura — al menos para quien conduce un Tesla. La compañía acaba de recibir una patente sobre una astuta suspensión activa que promete suavizar incluso los cráteres más viles del asfalto y, de paso, ahorrar mecánica.
El corazón del sistema es un motor eléctrico. A través de un mecanismo de accionamiento varía la longitud del amortiguador al vuelo, reaccionando a cada movimiento de la rueda más rápido de lo que el conductor tarda en soltar un improperio. Las señales llegan desde un pequeño ejército de sensores — acelerómetros, detectores de posición de rueda — todo en tiempo real. Y para que el motor no se reviente sosteniendo la masa del coche, un muelle neumático trabaja en paralelo: absorbe la carga estática y le deja a la electrónica lo divertido.
Lo que distingue este esquema de una suspensión convencional es el reparto de tareas. Las vibraciones pequeñas y de alta frecuencia las domestican los elementos pasivos. Las características de amortiguación las ajusta el amortiguador adaptativo. Y los golpes serios? De esos se encarga el actuador activo — y ahí es donde empieza la magia.
El escenario para el que se ideó todo esto es el bache de toda la vida. El sistema puede teóricamente tirar de la rueda hacia arriba casi al instante para que el impacto no llegue a la carrocería. Añadan mapas de irregularidades del asfalto y datos de una flota de millones de coches: la precisión se vuelve casi inquietante. Solo que Tesla aún no ha anunciado una versión de serie. La tecnología está, la patente está — el coche no. ¿Les suena de algo?