Los alemanes no han renunciado al coche nuevo. Solo cogen la calculadora antes que las llaves. Según un estudio de Simon-Kucher, el 65% de los encuestados en Alemania planea comprar un vehículo nuevo o de demostración — seis puntos porcentuales menos que hace un año.
El presupuesto medio previsto es de 44.000 euros. Aun así, el 54% quiere alargar la vida de su coche actual y el 48% espera que su poder adquisitivo caiga. El veredicto de Simon-Kucher es seco: el comprador alemán sigue dispuesto a firmar, pero convencerlo cuesta cada mes más.
El factor número uno no ha cambiado — es el precio. Y su peso sólo crece. Casi la mitad de los encuestados reclama ofertas más simples y transparentes, porque así se comparan los acabados y se ve realmente por qué se paga. Pero hay otra cara: el 52% teme que, al simplificar las gamas, desaparezcan opciones importantes.
En este escenario, el usado le come terreno al nuevo en silencio. El 35% de los compradores alemanes ya piensa en mirar un coche con kilómetros la próxima vez. Y si los nuevos siguen encareciendo o los descuentos se evaporan, el 61% está listo para saltar a un usado reciente.
Con los eléctricos, la foto sigue congelada. El interés es bastante mayor entre los más jóvenes, pero los miedos principales apenas cambian: el 59% se queja de la carga lenta, el 55% del precio alto, el 51% de la autonomía y el 47% no se fía de la infraestructura de recarga. Y eso pese a que los VE modernos van bastante más lejos y cargan visiblemente más rápido.
Capítulo aparte: las marcas chinas. Sus fortalezas son evidentes para los alemanes — un 62% señala el precio, un 42% la tecnología. Pero la fiabilidad, la calidad y la seguridad siguen siendo terrenos con dudas. La conclusión es despiadada: en Europa, una etiqueta barata ya no es pase libre para las marcas llegadas de China. El comprador exige pruebas de que el servicio y la durabilidad van a estar a la altura de los nombres consagrados.